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¿Dónde celebrar una boda? En una iglesia antigua, un jardín, la casa de los padres, un salón de fiestas, la playa, un castillo o una cabaña en el bosque. ¿Y qué tal un convento?

En los conventos se realizaron muchas bodas. Las novicias debían presentar sus votos y «casarse» con el Señor a quien servían el resto de sus vidas. Los novelistas favorecen a las monjas fugitivas que renunciaron a sus votos por amor a un hombre, pero la historia nos presenta a muchas siervas de Cristo que dedicaron sus vidas enteras a la meditación, la oración y el estudio bíblico.

Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en el centro de España en 1515, pasó sus primeros años rodeada de su familia, dedicada a los quehaceres propios de una joven de su edad. A los veintiuno, en contra de los deseos de su padre, tomó sus votos en el convento de la Encarnación en Ávila, ingresando a la orden de las carmelitas.

Este convento se caracterizaba por su laxitud. Las monjas podían conservar sus tesoros materiales, así como mantener contacto con las personas del exterior. Teresa aprovechó la libertad que se le ofrecía y, como ella misma diría años después, su vida espiritual se caracterizó por altos y bajos.

Una larga enfermedad la mantuvo tres años en cama, donde leyó los clásicos espirituales de la época, pero sin grandes resultados. Por cuarenta años navegó por el tumultuoso mar con tropiezos y victorias. Tal vez nada en ella, en ese momento, reflejaba la profundidad que conseguiría tiempo después.

Entonces un día, caminando por el pasillo del convento, sus ojos se posaron sobre la estatua de Cristo y la visión de su amor atravesó su corazón. Gentil, pero poderosamente, el Señor Jesús empezó a romper sus defensas y a mostrarle la causa de su cansancio espiritual: seguía amando los deleites del pecado. De inmediato, cortó lazos con su pasado y experimentó una especie de «segunda conversión».

Empezó a tener visiones místicas, aunque estas no duraban mucho. Y por el resto de su vida, consagró su vida al crecimiento espiritual y la renovación de los monasterios carmelitas. Su sueño era establecer conventos donde las mujeres jóvenes buscaran una vida de devoción. Escribió: «Quien no haya empezado la práctica de la oración, le ruego por el amor del Señor que no prescinda de tan grande bien. No hay en ello nada que temer, sino que desear.»

Convenció a Juan de la Cruz, otro místico de la era, a unirse en su trabajo por reformar los conventos carmelitas. Algunas de las características que le ayudaron a fundar catorce monasterios fueron: un don natural de liderazgo, tenacidad frente a la adversidad y un fino sentido del humor.

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© Keila Ochoa Harris