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En Mujer de Hoy
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De niña, era feliz. Hasta que un día pensó que sería feliz por siempre cuando cambiara de año escolar. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera cuerpo de mujer. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando le sobraran amigos. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera novio. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando se casara. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando llegara el primer hijo. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos crecieran. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos se marcharan. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando los nietos vinieran. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando su esposo muriera. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos la acogieran. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando ella muriera. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando supiera dónde iría después de la muerte. Y así murió, sin alcanzar lo que siempre había buscado. ¿En qué se equivocó? ¿En querer ser feliz? Aún cuando existen muchas definiciones de felicidad, ninguna la convenció, pero se dejó inspirar por los ejemplos prácticos que le hablaban de ella: El reposo después de una abundante comida, el relajamiento de un baño de burbujas, la liberación al cantar a viva voz, las risas compartidas con un ser querido, el abrazo de un hijo, la calma después de una tormenta, la paz de una noche estrellada, el silencio debajo del agua, la brisa del mar en quietud y otras más. Ella buscaba felicidad. No había nada de malo en ello. Entonces, ¿en qué se equivocó? ¿En anhelar algo mejor? El ser humano por naturaleza sueña. Siempre pone sus ojos en el mañana y lucha por obtener el futuro que su corazón le dicta. Ese deseo es la chispa que lleva a la humanidad a crear, a investigar, a luchar, a defender, a inventar, a proponer, a escribir, a pintar, a componer, a tocar, a hablar, a construir, o a formar; y sin esto, no habría avances tecnológicos, ni descubrimientos científicos, ni arte. En ella anidaban multitud de anhelos. No había nada de malo en ello. Entonces, ¿en qué se equivocó? ¿En crecer? Nadie puede detener el paso de los segundos, mucho menos de las etapas de la vida. Crecer es inevitable. La semilla debe crecer para volverse planta. El cachorro debe crecer para valerse por sí mismo. El bebé debe crecer para volverse hombre. De hecho, algo mágico le había sucedido en la infancia, donde la felicidad y el anhelo se entrelazaron, protegidos por la seguridad del hogar, el amor de sus padres y la inocencia de la niñez. Ella creció irremediablemente. No había nada de malo en ello. Entonces, ¿en qué se equivocó? ¿Será que rechazó una gran oportunidad? Pues en un momento dado, alguien le propuso un trato. Pero ella lo consideró un cuento rosa, una solución demasiado simplista. Así que la descartó y prefirió no experimentar. ¿Habría sido su vida diferente si lo hubiera aceptado? (Continúa en Un cuento rosa 2)
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