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Eran la pareja más feliz y perfecta. Tenían un matrimonio exitoso frente a todo el mundo: económicamente estable, tres hijos sanos, y todos bien parecidos. Hacían ejercicio juntos, viajaban mucho, hicieron que prosperara su negocio, y, en las palabras de ella: «La vida les sonreía».
Hasta que un día llegó la noticia espantosa que ninguna queremos escuchar: "Lo he sorprendido poniéndome los cuernos con otra".
"¿Qué hago? ¡Soy cristiana!" Estas y muchas otras preguntas venían de mi propia hermana que después de 20 años de casada descubrió por primera vez que su marido le era infiel. Al cabo del tiempo se dio cuenta de que no solamente había sido esa única vez sino que toda su vida este hombre había cometido adulterio. Cabe decir que él no era creyente.
El dolor fue indescriptible. Vi sufrir a mi hermana tres años llorando sin parar. Yo sufrí la pérdida de mis hijas que fallecieron por una enfermedad genética y claro que lloré, pero jamás había visto a alguien llorar por un hombre como lo hizo mi hermana.
Fue alta traición, inimaginable que ella pasara por esta situación. Jamás pensamos que ellos serían los que pasaran por un divorcio. Ni la familia ni sus amigos más íntimos lo podían creer.
Pero siempre hay lugar para una restauración, así que los buenos deseos eran esos, que después de la tormenta todo volviera a la normalidad y se reconciliaran. No fue así.
Después del primer impacto y todos los sentimientos que esto conlleva, mi hermana, con la autoestima destrozada, fue perdiendo peso hasta quedar casi esquelética. ¿Qué había hecho ella para merecer esto? No podía comprender por qué le había sucedido una cosa así, si siempre había dicho él que con ella había ganado la lotería.
Después de que ella le gritara muchas veces todas las cosas habidas y por haber, en efecto, llegó la calma. "Vamos a volver - le dijo él a ella, - pero no me preguntes nada. Borrón y cuenta nueva. Volvamos como antes".
Obviamente no hubo reconciliación. No se puede reconciliar una infidelidad de esa forma. Toma años edificar la confianza nuevamente, además de miles de cosas más que se tienen que hacer. Pero él no quiso pasar por todo ese proceso. Le parecía lento y muy lejos el poder recuperar a su familia nuevamente. Y prefirió terminar de destruir aquella perfecta institución que es el matrimonio, la familia, los hijos y todo lo que alguna vez significó una estabilidad.
¿Quién eres tú?
Y ¿ahora qué? Mi hermana sentía que el mundo se había acabado. Se dio cuenta primeramente de que su mundo había sido él y sus hijos. No hay nada malo en ello, pero no sabía qué quería ella misma. Sabía perfectamente qué querían su esposo y sus hijos, pero ¿y ella?
Tuvo que descubrir quién era ella, cuál era su esencia sin su esposo y sin sus hijos, aunque se quedaban con ella: Qué me gusta, que no me gusta. Qué quiero estudiar, en qué quiero trabajar. ¿Hice lo que hice por que a mí me gustaba o por complacer a otro?
Tuvo que volver a descubrir quién era como mujer. Había sido esposa - quizás lo sería otra vez pero no mientras no estuviera completamente restaurada y sanada al grado de saber que su esposo era Dios y que Él suplía sus necesidades en todos los sentidos. Después de que hubiera podido perdonar y soltar.
El perdón era necesario para ella, no para su pareja. El perdón no minimiza la acción tan hiriente de la otra persona. Pero era necesario para que fuera libre, pudiera estar completa, y no siguiera envenenada de amargura, resentimiento y enojo, que podía llevar a la desesperación y hasta al suicidio.
No todo se perdió
Mi hermana llegó a comprender que no todo fue pérdida. Pensamos que si nuestro matrimonio no funcionó, ya uno no sirve para nada.
© Gloria Vázquez
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