10 de Septiembre de 2010
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Tenía grandes deseos de viajar; sí, recorrer mundo. Sobre todo de divertirse; romper con la monotonía de su vida, su casa, su trabajo… Deseaba nuevas aventuras.

Pero, ¿y el mañana? No, no, el mañana no entraba en sus pensamientos. ¿Qué sentido tenía el pensar en el mañana? Lo importante era el hoy, el momento, y no había un segundo que perder.

Hizo las maletas con gran ilusión, pero no sin antes haber reunido una sustanciosa cantidad de dinero. Su padre había ahorrado desde que él y su hermano eran pequeños para el día que lo necesitasen…y el día había llegado, por lo que dejó su parte de la cuenta corriente a cero.

¡Fue tan dirvertido! ¡En su vida lo había pasado tan bien! Fueron meses de sexo, drogas y rock and roll. Sus días se llenaron de risas, alcohol y mujeres. ¡Qué más podía pedir! No había tiempo para pensar. Una fiesta seguía a la anterior, siempre rodeado de amigos – o, por lo menos, eso es lo que pensaba.

Un día se acabó el dinero, y con él se acabaron los "amigos". Se acabaron las juergas y las risas, y sin percatarse de ello se vio rodeado de silencio, soledad, pero sobre todo de un gran vacío que le oprimía el pecho.

Las cosas fueron a peor, hasta el punto de pasar hambre, mucha hambre. Buscaba restos de comida en la basura, pero ni así lograba calmar el dolor en su estómago.

Una noche algo cambió. Mientras hurgaba en un cubo de basura, sin ningún éxito, recordó a su familia. Pensó en su padre, su casa, la vida que había dejado atrás…y sintió vergüenza. Agachó su cabeza y lloró como un niño: por su necedad, por haber mirado la vida con las gafas equivocadas, por renegar de los que le amaban, por despreciar el amor y el cuidado de su padre. Y fue con ese dolor que decidió volver a su casa, con la cabeza agachada y con mucha humildad. Quería estar cerca de su padre, rogarle que le perdonase, aunque no lo mereciera, y por supuesto renunciaría a todos sus privilegios anteriores. Se conformaría con trabajar en la finca, limpiando, arreglando el jardín… Cualquier cosa estaría bien por estar en casa con un simple plato de comida.

Pero no recibió lo que esperaba. ¡Recibió muchísimo más! No podía creer la reacción de su padre: ningún reproche, solo le abrazó llorando de alegría. Esa misma noche su padre se encargó de organizar una gran fiesta donde él sería el invitado de honor. Se esforzó en explicarle a su padre todos sus errores; arrepentido, le detalló sus meteduras de pata, cómo desperdició su fortuna… Tenía que entender que no merecía nada.

Su padre le escuchó atentamente, sonrió y dijo:
—Todo aquello ya pasó, y no tenemos por qué recordarlo. Has vuelto a casa y eso es lo que importa. Ahora, hijo, dame tu corazón malherido, que yo lo curaré con mi amor; dame los trozos de tu vida rota, y juntos los uniremos de nuevo. Recibe esta segunda oportunidad como regalo de bienvenida, y recuerda que por muchas veces que huyas, yo siempre te esperaré con una nueva oportunidad.



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